Después de un tiempo de ausencia, aquí les envío un viejo texto que escribí algunos días después de que en la televisión por cable se diera a conocer el documental sobre el Evangelio de Judas. Lo que dije entonces aún lo creo: no hubo ni habrá un solo cristianismo, la multiplicidad de la experiencia humana es inabarcable, irreductible a una cuantas formulas pedantes que ostenten la verdad de todo lo vivido y por vivir. Salud y larga vida!!!

Televisión, política y cultura en torno al “Evangelio prohibido de Judas”
Por Carlos Ernesto Flores Espinosa

Dejando de lado por un momento la polémica que puede suscitar el hecho de que tales revelaciones sobre la figura de Judas y su relación con la muerte de Jesús se transmitan por el canal de National Geographic precisamente en Semana Santa, este documental nos recuerda una de las muchas cosas que heredamos de la revolución francesa: el conocimiento es un bien público. El conocimiento científico es una herramienta para el progreso humano y es a través del debate que la comunidad científica termina por admitir que ciertos saberes pueden formar parte del cuerpo de conocimientos que llamamos “ciencia”. La difusión de investigaciones de este tipo puede verse como un triunfo del derecho que toda persona tiene de recibir información sobre aquello que pueda afectar su vida o sus creencias. Es cierto que la mayor parte de la población no tiene acceso a la televisión por cable ni a la Internet, pero la información está ahí, al alcance de cualquier persona interesada por el tema.
Por otra parte, los documentales televisados nos muestran también que el conocimiento puede generar ganancias, tanto económicas como intelectuales y académicas, y que el gasto, ya sea público o privado, en investigación básica (en este caso, histórica) no es un desperdicio; pero esto último es algo que sólo entienden los empresarios y funcionarios públicos de otros países, ya que en México, a pesar de la enorme riqueza cultural que tenemos, este tipo de programas de investigación son escasos, sin repercusiones en el gran público. No existe en nuestro país una política de Estado que permita desarrollar una labor de difusión más amplia de los conocimientos generados en las universidades e institutos, ni a las televisoras privadas les interesa. Recientemente, me he enterado de las investigaciones arqueológicas en torno a un personaje femenino, llamado “la reina roja”, descubierto en un entierro ritual en el área maya que, de acuerdo a los especialistas, replanteará muchas de las cosas que sabemos actualmente sobre esta civilización, y sin embargo, no he visto hasta ahora ningún programa televisivo que informe a la población mexicana de estos descubrimientos. El público mexicano está acostumbrado a consumir preferentemente aquello que la televisión le ofrece envuelto en cierta atmósfera de escándalo —en este caso, el vínculo entre Jesús y Judas— y muestra en cambio una total apatía por aquellos temas que pueden tener una mayor importancia para la sobrevivencia de su cultura en el concierto de las naciones. Más allá del mariachi, el tequila y el fútbol, el mexicano promedio sabe muy poco sobre otros rasgos de su identidad y riqueza cultural, y esto gracias a la paulatina sustitución de la escuela por la televisión como agente educativo en la mayoría de nuestros hogares.
Es evidente que la fecha de transmisión de este documental responde a criterios de mercadotecnia, pero en ningún momento se trasgreden los límites de lo científicamente comprobado. Se trata de una investigación de hechos tan remotos que las fuentes documentales son escasas, inexactas o faltan por completo, y sin embargo la investigación deja claramente asentado aquello que es simple opinión, conjetura o hipótesis, de lo que es un saber bien fundado mediante el método científico. La producción del documental está espectacularmente diseñada (animación tridimensional, recreación de “la última cena”, idioma de la época) para impresionar la sensibilidad del espectador, suscitar su curiosidad, motivarlo a la polémica, pero no por ello se minimiza su inteligencia ni se ofrecen datos falsos o sesgados que busquen manipular su opinión. Me parece que hay un adecuado equilibrio entre lo que ya es materia cierta y lo que aún es motivo de debate e investigaciones aún no concluidas ni concluyentes.
El mérito de un documental de esta naturaleza reside en dar al público mayores herramientas para consolidar o replantear sus opiniones y creencias, sin pretender que lo que se muestra ahí es una verdad inobjetable. En esto radica precisamente una de las características de la ciencia: todo conocimiento es provisional, no hay una verdad única que dure por siempre sino que todo saber está sujeto a lo que las nuevas generaciones de investigadores concluyan a partir de nuevos hechos, documentos y observaciones que puedan ocurrir en el transcurso de los años. No se trata, en mi opinión, de “rehabilitar” la reputación de un personaje como Judas, sino más bien de entender la situación histórica y cultural que condicionó los actos de este hombre y las consecuencias que esto tuvo para el primer cristianismo y sus refundaciones posteriores por los Padres de la Iglesia. Me parece también que la información que se da en el documental no va a cambiar las prácticas religiosas de la gente común. No creo que el año entrante los diálogos en torno a Judas en la representación de Iztapalapa sean diferentes ni que la figura de dicho apóstol suscite mayores simpatías con estas revelaciones; los hábitos mentales de las comunidades no cambian con tanta facilidad, menos aún cuando se trata de tradiciones tan fuertemente arraigadas como la Pasión de Jesús. En todo caso, la salud de una cultura está dada por la facilidad con que este tipo de temas pueden debatirse públicamente sin que ello represente una ruptura al interior de las comunidades.
Finalmente, la transmisión de este documental es una muestra patente de que cada vez resulta más difícil no estar informado y que sólo un afán perverso por preservar la ignorancia entre la mayoría de la población puede provocar arrebatos tan lamentables como el protagonizado por el Papa Benedicto XVI al opinar sobre la figura de Judas según este documental. El tono de lo que dijo me recuerda inevitablemente los spots publicitarios que el Partido Acción Nacional difunde sobre el candidato López Obrador, calificándolo de un peligro para México. La semejanza entre el PAN y el Papa radica en esta incapacidad para ver en el Otro a un competidor digno de ser considerado como persona humana y no como un objeto para ser destruido porque no coincide con nuestras normas y proyectos. Es cierto que López Obrador no es la persona de más altas virtudes que pueda asumir la presidencia de nuestro país, pero también es cierto que la Iglesia dijo que Lutero representaba un peligro para las creencias católicas de aquella época, que Hitler dijo lo mismo respecto a los judíos para la raza aria, que Victoriano Huerta opinaba igual sobre Francisco Madero. En estos ejemplos, la intolerancia dio como resultado la destrucción del enemigo por todos los medios al alcance. Los spots publicitarios del PAN incitan a la violencia, delatan el bajo nivel de ideas y propuestas novedosas de su dirigencia nacional, ponen en riesgo la precaria democracia a la que los propios militantes panistas contribuyeron con tanto esfuerzo durante tantos años. Nuestro país no merece que se le siga maltratando de esta manera como tampoco es admisible que el Papa simplemente descalifique lo que es una investigación seria, bien documentada, en torno a un texto que sólo revela la diversidad del cristianismo primitivo como ya lo habían revelado antes otros documentos similares. En la diversidad está la riqueza de las culturas y no en su uniformidad mediada por criterios extremistas como la “limpieza racial” o las razones de globalización de los mercados informativos y las nuevas tecnologías digitales.
Documentales como el “Evangelio prohibido de Judas” (ojalá y los productores hubieran resistido la tentación de darle este calificativo de connotaciones ocultas y perversas, fuertemente sensacionalista) abren una oportunidad para el debate, del cual los verdaderos creyentes saldrán fortalecidos; los falsos, fundarán nuevas religiones para consumo de nuevos indecisos en tiempos de incertidumbre.