• LOS MEJORES LIBROS DEL 2008

    Para los lectores de este sitio, si es que aun queda alguno, va una lista de los best sellers que conmovieron la sensibilidad y la inteligencia del publico mexicano durante el presente año. Si es el caso que alguno de ustedes no haya tenido acceso a tales joyas de la literatura testimonial, le recomendamos que se acerque a su librer�a mas cercana, preferentemente aquellas especializadas en textos de superaci�n personal y de politica. No queda mas que agradecer a los fieles de este espacio su preferencia a lo largo de estos 365 dias y desearles lo mejor para el proximo año. SALUD Y LARGA VIDA!!!!!

    MONO20LIBROS

  • UN VIEJO TEXTO EN TORNO A JUDAS

    Después de un tiempo de ausencia, aquí les envío un viejo texto que escribí algunos días después de que en la televisión por cable se diera a conocer el documental sobre el Evangelio de Judas. Lo que dije entonces aún lo creo: no hubo ni habrá un solo cristianismo, la multiplicidad de la experiencia humana es inabarcable, irreductible a una cuantas formulas pedantes que ostenten la verdad de todo lo vivido y por vivir. Salud y larga vida!!!

    Televisión, política y cultura en torno al “Evangelio prohibido de Judas”
    Por Carlos Ernesto Flores Espinosa

    Dejando de lado por un momento la polémica que puede suscitar el hecho de que tales revelaciones sobre la figura de Judas y su relación con la muerte de Jesús se transmitan por el canal de National Geographic precisamente en Semana Santa, este documental nos recuerda una de las muchas cosas que heredamos de la revolución francesa: el conocimiento es un bien público. El conocimiento científico es una herramienta para el progreso humano y es a través del debate que la comunidad científica termina por admitir que ciertos saberes pueden formar parte del cuerpo de conocimientos que llamamos “ciencia”. La difusión de investigaciones de este tipo puede verse como un triunfo del derecho que toda persona tiene de recibir información sobre aquello que pueda afectar su vida o sus creencias. Es cierto que la mayor parte de la población no tiene acceso a la televisión por cable ni a la Internet, pero la información está ahí, al alcance de cualquier persona interesada por el tema.
    Por otra parte, los documentales televisados nos muestran también que el conocimiento puede generar ganancias, tanto económicas como intelectuales y académicas, y que el gasto, ya sea público o privado, en investigación básica (en este caso, histórica) no es un desperdicio; pero esto último es algo que sólo entienden los empresarios y funcionarios públicos de otros países, ya que en México, a pesar de la enorme riqueza cultural que tenemos, este tipo de programas de investigación son escasos, sin repercusiones en el gran público. No existe en nuestro país una política de Estado que permita desarrollar una labor de difusión más amplia de los conocimientos generados en las universidades e institutos, ni a las televisoras privadas les interesa. Recientemente, me he enterado de las investigaciones arqueológicas en torno a un personaje femenino, llamado “la reina roja”, descubierto en un entierro ritual en el área maya que, de acuerdo a los especialistas, replanteará muchas de las cosas que sabemos actualmente sobre esta civilización, y sin embargo, no he visto hasta ahora ningún programa televisivo que informe a la población mexicana de estos descubrimientos. El público mexicano está acostumbrado a consumir preferentemente aquello que la televisión le ofrece envuelto en cierta atmósfera de escándalo —en este caso, el vínculo entre Jesús y Judas— y muestra en cambio una total apatía por aquellos temas que pueden tener una mayor importancia para la sobrevivencia de su cultura en el concierto de las naciones. Más allá del mariachi, el tequila y el fútbol, el mexicano promedio sabe muy poco sobre otros rasgos de su identidad y riqueza cultural, y esto gracias a la paulatina sustitución de la escuela por la televisión como agente educativo en la mayoría de nuestros hogares.
    Es evidente que la fecha de transmisión de este documental responde a criterios de mercadotecnia, pero en ningún momento se trasgreden los límites de lo científicamente comprobado. Se trata de una investigación de hechos tan remotos que las fuentes documentales son escasas, inexactas o faltan por completo, y sin embargo la investigación deja claramente asentado aquello que es simple opinión, conjetura o hipótesis, de lo que es un saber bien fundado mediante el método científico. La producción del documental está espectacularmente diseñada (animación tridimensional, recreación de “la última cena”, idioma de la época) para impresionar la sensibilidad del espectador, suscitar su curiosidad, motivarlo a la polémica, pero no por ello se minimiza su inteligencia ni se ofrecen datos falsos o sesgados que busquen manipular su opinión. Me parece que hay un adecuado equilibrio entre lo que ya es materia cierta y lo que aún es motivo de debate e investigaciones aún no concluidas ni concluyentes.
    El mérito de un documental de esta naturaleza reside en dar al público mayores herramientas para consolidar o replantear sus opiniones y creencias, sin pretender que lo que se muestra ahí es una verdad inobjetable. En esto radica precisamente una de las características de la ciencia: todo conocimiento es provisional, no hay una verdad única que dure por siempre sino que todo saber está sujeto a lo que las nuevas generaciones de investigadores concluyan a partir de nuevos hechos, documentos y observaciones que puedan ocurrir en el transcurso de los años. No se trata, en mi opinión, de “rehabilitar” la reputación de un personaje como Judas, sino más bien de entender la situación histórica y cultural que condicionó los actos de este hombre y las consecuencias que esto tuvo para el primer cristianismo y sus refundaciones posteriores por los Padres de la Iglesia. Me parece también que la información que se da en el documental no va a cambiar las prácticas religiosas de la gente común. No creo que el año entrante los diálogos en torno a Judas en la representación de Iztapalapa sean diferentes ni que la figura de dicho apóstol suscite mayores simpatías con estas revelaciones; los hábitos mentales de las comunidades no cambian con tanta facilidad, menos aún cuando se trata de tradiciones tan fuertemente arraigadas como la Pasión de Jesús. En todo caso, la salud de una cultura está dada por la facilidad con que este tipo de temas pueden debatirse públicamente sin que ello represente una ruptura al interior de las comunidades.
    Finalmente, la transmisión de este documental es una muestra patente de que cada vez resulta más difícil no estar informado y que sólo un afán perverso por preservar la ignorancia entre la mayoría de la población puede provocar arrebatos tan lamentables como el protagonizado por el Papa Benedicto XVI al opinar sobre la figura de Judas según este documental. El tono de lo que dijo me recuerda inevitablemente los spots publicitarios que el Partido Acción Nacional difunde sobre el candidato López Obrador, calificándolo de un peligro para México. La semejanza entre el PAN y el Papa radica en esta incapacidad para ver en el Otro a un competidor digno de ser considerado como persona humana y no como un objeto para ser destruido porque no coincide con nuestras normas y proyectos. Es cierto que López Obrador no es la persona de más altas virtudes que pueda asumir la presidencia de nuestro país, pero también es cierto que la Iglesia dijo que Lutero representaba un peligro para las creencias católicas de aquella época, que Hitler dijo lo mismo respecto a los judíos para la raza aria, que Victoriano Huerta opinaba igual sobre Francisco Madero. En estos ejemplos, la intolerancia dio como resultado la destrucción del enemigo por todos los medios al alcance. Los spots publicitarios del PAN incitan a la violencia, delatan el bajo nivel de ideas y propuestas novedosas de su dirigencia nacional, ponen en riesgo la precaria democracia a la que los propios militantes panistas contribuyeron con tanto esfuerzo durante tantos años. Nuestro país no merece que se le siga maltratando de esta manera como tampoco es admisible que el Papa simplemente descalifique lo que es una investigación seria, bien documentada, en torno a un texto que sólo revela la diversidad del cristianismo primitivo como ya lo habían revelado antes otros documentos similares. En la diversidad está la riqueza de las culturas y no en su uniformidad mediada por criterios extremistas como la “limpieza racial” o las razones de globalización de los mercados informativos y las nuevas tecnologías digitales.
    Documentales como el “Evangelio prohibido de Judas” (ojalá y los productores hubieran resistido la tentación de darle este calificativo de connotaciones ocultas y perversas, fuertemente sensacionalista) abren una oportunidad para el debate, del cual los verdaderos creyentes saldrán fortalecidos; los falsos, fundarán nuevas religiones para consumo de nuevos indecisos en tiempos de incertidumbre.

  • OTROS DERECHOS DEL LECTOR

    Tarde o temprano llega la hora en que cada quien tiene que lidiar con el abismo de la página en blanco y sacar a flote, mediante la escritura, nuestros temores y esperanzas. Nadie nos salvará de nosotros mismos. Sólo la imaginación es nuestra aliada en este proceso de curación que alcanza los siglos ya vividos y los por venir.

    EL DERECHO A SALTARSE PÁGINAS

    Leí La guerra y la paz por primera vez a los doce o trece años (más bien a los trece, estaba en quinto y bastante adelante). Desde el comienzo de las vacaciones, las largas, veía a mi hermano (el mismo de Vinieron las lluvias) internarse en esta novela enorme, y su mirada se volvía tan lejana como la del explorador que desde hace siglos ha perdido la preocupación por su tierra natal.

    -¿Es tan estupenda?
    -¡Formidable!
    -¿Qué es lo que cuenta?
    -Es la historia de una chica que ama a un tipo y se casa con un tercero.

    Mi hermano siempre ha tenido el don de resumir. Si los editores lo contrataran para redactar sus textos de contraportada (esas patéticas exhortaciones a leer que se pegan al dorso de los libros), nos ahorrarían bastante palabrería inútil.

    -¿Me la prestas?
    -Te la doy.
    Yo estaba interno, ese era un regalo inestimable. Dos gruesos volúmenes que me mantendrían entusiasmado durante todo el trimestre. Cinco años mayor que yo, mi hermano no era del todo idiota (y por lo demás tampoco se ha vuelto) y sabía a ciencia cierta que La guerra y la paz no podía reducirse a una historia de amor, por bien elaborada que fuera. Sólo que conocía mi gusto por los incendios del sentimiento y sabía despertar mi curiosidad mediante la formulación enigmática de sus resúmenes. (Un “pedagogo, en mi opinión.) Estoy convencido que fue el mismo aritmético de su frase lo que me hizo cambiar temporalmente mis Bibliotheque verte, rouge et or y demás Signes de piste para meterme en esta novela. “Una chica que ama a un tipo y se casa con un tercero”... no veo quién se hubiera podido resistir. De hecho no quedé decepcionado aunque se equivocó en sus cuentas. En realidad éramos cuatro los que amábamos a Natacha: el príncipe Andrés, ese granuja de Anatatol (pero ¿se puede llamar a eso amor?), Pedro Bezujov y yo. Como yo no tenía la menor posibilidad, me resultó forzoso identificarme con los otros. (Pero no con Anatol, ¡un verdadero cabrón el tipo ese!)

    Lectura tanto más deliciosa en la medida en que se efectuaba durante la noche, a la luz de una linterna de bolsillo y bajo la colcha colocada como una tienda de campaña en medio de un dormitorio de cincuenta soñadores, roncadores y otros pataleadores. La habitación del vigilante en la que crepitaba la lamparilla estaba al lado, pero qué, en el amor siempre es el todo por el todo. Todavía hoy siento el volumen y el peso de aquellos libros en mis manos. Era la versión de bolsillo, con esa linda cara de Audrey Hepburn a la que miraba embelesado un Mel Ferrer principesco con pesados párpados de muchacho enamorado. Me salté las tres cuartas partes del libro por no interesarme más que el corazón de Natacha. Compadecí a Anatol, incluso, cuando le amputaron la pierna, maldije a ese bestia del príncipe Andrés por haberse quedado parado frente a ese cañón, en la batalla de Borodino... (“Pero tírate al suelo, por Dios, que va a explotar, no puedes hacerle eso, ¡ ella te ama!”) Me interesé en el amor y en las batallas y me salté los asuntos políticos y las estrategias... Seguí muy de cerca los sinsabores conyugales de Pedro Bezujov y de su esposa Helena (nada simpática, Helena, de verdad no la encontré simpática...) y dejé a Tolstoi disertando solo sobre los problemas agrarios de la Rusia eterna...

    Me salté muchas páginas, de veras.

    Y todos los muchachos deberían hacer otro tanto.

    De esta manera podrían ofrecerse muy temprano casi todas las maravillas que se consideran inaccesibles para su edad.

    Si tienen ganas de leer Moby Dick, pero se desaniman ante los desarrollos de Melville sobre el material y las técnicas de la pesca de ballenas, no es menester que renuncien a su lectura sino que salte, salten sobre esas páginas y, sin preocuparse del resto, persigan a Ahab como él persigue su blanca razón para vivir o para morir. Si quieren conocer a Iván, Dimitri y Aliocha Karamazov y a su increible padre, que abran y lean Los hermanos Karamazov, es para ellos, incluso si tienen que saltarse el testamento del starets Zósimo o la leyenda del Gran Inquisidor.

    Un gran peligro les acecha si no deciden por ellos mismos lo que está a su alcance y se saltan las páginas que ellos escojan: otros lo harán en su lugar. Se armarán con las grandes tijeras de la imbecilidad y recortarán todo lo que consideren demasiado “difícil”. Eso produce resultados espantosos. Moby Dick o Los miserables reducidos a resúmenes de 150 páginas, mutilados, chapuceados, encogidos, momificados, reescritos en un lenguaje famélico que se supone que sea el suyo. Un poco como si yo me pusiese a redibujar Guernica con el pretexto de que Picasso habría metido allí demasiados trazos para un ojo de doce o trece años.

    Y además incluso cuando hemos crecido, y hasta si nos repugna confesarlo, nos ocurre todavía que nos “saltemos páginas”, por razones que no nos conciernen más que a nosotros y al libro que leemos. Es posible también que nos lo prohibamos del todo, que leamos hasta la última palabra, juzgando que aquí el autor da largas, que aquí toca un aire de flauta medio gratuito, que en tal lugar cae en la repetición y en tal otro en la tontería. Digámonos lo que nos digamos, este disgusto testarudo que entonces nos imponemos no pertenece al orden del deber, es una categoría de nuestro placer de lector.

  • RECOBRAR EL PLACER DE ESCRIBIR

    Eran otros tiempos. Ahora ya no es tan común que la gente escriba cartas: de amor, de visita, de notificación, etc. Menos aún que se escriba bien y con el ánimo de comunicar a otros un experiencia por sí misma interesante --no adoctrinar, sino simplemente compartir lo que en su momento ha sido causa de asombro, reflexión o conmoción emocional--. El caso es que para escribir cualquier pretexto es bueno, pero vale la pena que un escritor de la talla de Augusto Monterroso nos diga cómo...

    Decálogo del escritor

    Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

    Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

    Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre dictum: "En literatura no hay nada escrito".

    Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

    Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

    Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

    Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

    Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.

    Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

    Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

    * Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

    * Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratara de tocarte el saco en la calle, ni te señalara con el dedo en el supermercado.

    * El autor da la opción al escritor, de descartar dos de estos enunciados, y quedarse con los restantes diez.

  • LOS DERECHOS IMPRESCINDIBLES DEL LECTOR

    Vivimos tiempos en los que todo está sometido a la ley y el orden, incluso la libertad está sujeta a normas. No podría ser una excepción el acto lector. En las siguientes entregas pondremos a navegar en el ciberespacio estos DERECHOS DEL LECTOR con la intención de que nadie se diga llamado a engaño y tenga oportunidad de ponerlos en práctica. Para muchos es más sencillo no darse por enterados, pero en un país tan lamentablemente analfabeta como México es necesario poner a circular estos materiales, a ver si echando las redes pescamos algo. Saludos amable lector, lectora, y felicitaciones si tú eres de los que ejercen y hacen respetar sus derechos.

    EL DERECHO A NO LEER

    Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos –y en este caso con el derecho a no leer-, sin lo cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa viciosa.

    Para comenzar, la mayoría de los lectores se conceden a diario el derecho a no leer. Mal que le pese a nuestra reputación, entre un buen libro y una mala película de televisión, la segunda sale ganando con más frecuencia de lo que nos gustaría confesar. Y además nosotros no leemos de continuo. Nuestros períodos de lectura alternan a menudo con largas dietas durante las cuales basta la visión de un libro para despertar las miasmas de la indigestión.

    Pero lo más importante está en otra parte.

    Estamos rodeados de cantidad de personas del todo respetables, a veces graduadas en la universidad, incluso “eminentes” –de las cuales algunas hasta poseen excelentes bibliotecas-, pero que no leen, o leen tan poco que nunca se nos ocurriría la idea de ofrecerles un libro. No leen. Sea porque no sienten la necesidad, sea porque tienen muchas otras cosas que hacer (pero viene a ser lo mismo; es que esas otras cosas los colman o los obnubilan), sea porque alimentan otro amor y lo viven con una exclusividad absoluta. En resumen, a esas personas no les gusta leer. Y no por eso dejan de ser muy frecuentables, incluso deliciosas de frecuentar. (Al menos no nos piden de continuo nuestra opinión sobre el último libro que leímos, nos ahorran sus reservas irónicas sobre nuestro novelista preferido y no nos consideran retardados por no habernos precipitado sobre la última de Fulano, que acaba de salir, editada por Mengano, y de la cual el crítico Sutano ha dicho lo mejor.) Son tan “humanos” como nosotros, sensibles también a las desdichas del mundo, preocupados por los “derechos humanos” y comprometidos a respetarlos dentro de su esfera de influencia personal, lo que ya es mucho –pero ahí está, no leen. Allá ellos.

    La idea de que la lectura “humaniza al hombre” es justa en su conjunto, a pesar de que existen algunas excepciones deprimentes. Se es sin duda un poco más “humano”, si entendemos por eso un poco más solidario con la especie (un poco menos “fiera”), después de haber leído a Chejov que antes.

    Pero cuidémonos de flanquear este teorema corolario según el cual todo individuo que no lee debería ser considerado a priori como un bruto potencial o un cretino rehibitorio (sic). Si lo hacemos convertiremos la lectura en una obligación moral, y éste es el comienzo de una escalada que nos llevará rápidamente a juzgar, por ejemplo la “moralidad” de los libros mismos, en función de criterios que no tendrán ningún respeto por esa otra libertad inalienable: la libertad de crear. A partir de ese momento la bestia seremos nosotros, por más lectores que seamos. Y Dios sabe que bestias de esta especie no faltan en el mundo.

    En otras palabras, la libertad de escribir no podría acomodarse a la obligación de leer.

    El deber de educar, por su parte, consiste en el fondo en enseñar a leer a los niños, en iniciarlos en la literatura, en darles los medios para juzgar si sienten o no la “necesidad de los libros”. Puesto que si bien se puede admitir sin problema que un particular rechace la lectura, es intolerable que sea –o que se crea- rechazado por ella.

  • Leer es bueno para la salud. Y escribir sobre lo que uno lee previene de malestares del alma y cosas peores

    Tengo para ustedes un texto que elabore dentro de las actividades del proyecto de lectura del grupo escolar de una de mis hijas. La maestra solicito a los padres de familia que leyeramos un libro y redactaramos un comentario del mismo, con la intención de que nuestros hijos se vieran motivados y siguieran el ejemplo de sus progenitores. Desconozco si la mayoría de los padres lo hizo, pero a mi me divirtió mucho el ejercicio y me permitió aclarar algunas ideas que yo tenía respecto al acto lector y el valor de los libros de aventuras mágicas que tanto gustan a mi hija. A reserva de lo que opinen ustedes, no es un mal texto. Además, a mi siempre me ha resultado más sencillo escribir por encargo, a lo que se agrega la expectación de lo que va a pensar o sentir un lector tan cercano, que prácticamente puede detenerte en la calle y preguntarte qué es lo que has querido decir con tal o cual enunciado. Amable lector, lectora, ojalá tu tengas la oportunidad de detenerte un instante y decirme qué es lo que opinas. Gracias.

    J. K. Rowling: Harry Potter y el misterio del príncipe. Comentario.

    Ya he leído los otros libros de la serie, así que esperaba este nuevo título con gran emoción y curiosidad: ¿Qué va a pasarle ahora al joven mago? Y los enemigos, ¿qué planearán contra él? ¿Quién será el nuevo profesor de Defensa contra las Artes Oscuras? Éstas y otras preguntas tenía yo en mente a la hora de abrir el nuevo libro y echarlo a andar en la bicicleta de mis anteojos. Digamos que después de los primeros capítulos, la historia es un poco aburrida. Uno quisiera más bien enterarse con mayor detalle de las batallas que están ocurriendo en el mundo mágico entre los partidarios del Señor Tenebroso y los aurores del Ministerio de Magia, porque aquí en el Colegio Hogwarts aparentemente no está pasando nada: los líos amorosos de Harry, los partidos de quiddich, las clases, los castigos, las disputas con Hermione, todo esto ya resulta una rutina demasiado familiar como para producir nuevas sorpresas. Los enemigos tradicionales de Harry en el Colegio --el profesor Snape y Malfov-- intervienen tan poco que se nos olvida que ambos están involucrados en alguna peligrosa intriga de la que no sabremos nada sino hasta el final.

    Mientras tanto, la trama principal del libro se ocupa de la figura de Lord Voldemor: nos enteramos de los tristísimos y violentos sucesos que marcaron el nacimiento y la infancia de este muchacho que se llamó Tom Ryddle, cómo llegó al Colegio Hogwarts y lo que hizo después de concluir sus estudios. Conforme avanza la descripción de la vida anterior de Lord Voldemor, caemos en cuenta de las profundas semejanzas que hay entre él y Harry Potter: los dos son huérfanos, ambos tienen un especial talento para la magia desde muy jóvenes... Finalmente, Dumbledore y Harry emprenden la búsqueda de un terrible objeto que Lord Voldemor ha escondido en alguna parte. A partir de aquí los acontecimientos se precipitan y cada uno de los misterios que la autora ha ido planteando a lo largo de las páginas se resuelven en el sorprendente final: ¿qué hacía Malfov oculto en algún lugar del castillo? ¿Quién es el Príncipe Mestizo?

    El buen escritor es aquel que poco a poco va dejando pistas y señales a lo largo del libro para que el lector las reúna e imagine lo que va a pasar, pero que siempre está un paso adelante, anticipándose a la posible solución que el lector deduce; este es el caso de Rowling, quien maneja muy bien el suspenso necesario para una novela de misterio como ésta. El hecho de que aparentemente no pase nada en la mayor parte del libro, hace que el final tenga una carga emocional más intensa: nuestro ánimo ya está a la espera de que algo muy importante ocurra, sobre todo cuando te das cuenta de que ya faltan pocas páginas y apenas está empezando lo más interesante…

    Uno se apresura a leer para enterarse por fin de cuál es la solución del misterio, pero al mismo tiempo no quisiera que las cosas ocurrieran porque eso significa que el libro ya no tarda en acabarse. Cuando uno pasa la última página, el corazón todavía golpea con fuerza en nuestro pecho, nuestros ojos están húmedos, las manos están frías y tiemblan... Esto es lo que más me gusta de leer, que al final tu cuerpo sea el que te diga, con su lenguaje de sudor, suspiros y temblores, que lo que has leído es una buena historia.

    Si el libro no nos conmueve de alguna forma, lo más probable es que no nos acordemos de él nunca más. Por eso se dice que los lectores no estamos hechos para todos los libros, que cada quien tiene que buscar aquéllos que sean importantes para su alma, aunque hay algunos que necesariamente un buen lector debe conocer, como la Comedia de Dante o el Quijote de Cervantes. Nada nos obliga a leerlo todo, pero todo está ahí para ser leído. ¿Imaginan ustedes la cantidad enorme de páginas que mujeres y hombres hemos escrito a lo largo de los siglos? En alguna parte de tan vasto universo hay un libro que espera ser descubierto por cada uno de nosotros.

    Pero ¿cómo se sabe que el libro que uno trae entre uñas y mugre va a gustarnos y será importante para nuestra vida? Eso no se puede saber de antemano sino hasta las últimas palabras del libro y cuando uno ya ha leído tantas cosas que puede decidir con plena conciencia qué es lo que más le gusta de todo lo que ya leyó y lo que ya nunca más va a volver a leer porque no le gustó ni tantito. Digamos que uno aprende a leer por ensayo y error, probando de todo un poco o un mucho. Entre más experiencia se acumule como lector, será menos probable que nos equivocamos en la elección de nuestras lecturas. Al final, tres o cuatros libros serán todo lo que nos quede para ser enterrados con ellos...

    Por todo lo que sugiere el libro de Harry Potter cuando acabamos las últimas páginas, la historia todavía va para largo y cada vez se pone peor para el protagonista. Pero, a la manera de las obras griegas, no hay mucho de dónde escoger para la siguiente novela —que, además, se dice que va a ser la última—: un final feliz o uno desdichado. O triunfa el Bien o triunfa el Mal. O sobrevive Harry Potter o Lord Voldemor, pero no ambos. ¿Qué decidirá la escritora? Aquí es donde se demuestra la verdadera fuerza imaginativa y literaria de cualquier escritor: sorprender a los lectores a pesar de que aparentemente ya no haya sorpresa posible. El arte está en el modo en que se cuenta el cuento. Todas las historias de amor, desde Romeo y Julieta hasta Casablanca, cuentan más o menos lo mismo, pero algunas son mejores que otras porque lo cuentan más sabroso. A ver cómo resuelve Rowling esto de contar la misma historia pero de una forma distinta, mejor que las anteriores.

    En fin… La espera de un libro es como el enamoramiento por alguien que no hemos conocido aún: sabemos que llegará en algún momento de nuestras vidas, pero no la forma que tendrá ni las sensaciones que viviremos mientras dure. Por lo pronto, tengamos paciencia y empecemos a juntar nuestros centavitos para cuando sea tiempo de salir a la librería por ese objeto amado ya desde ahora.

  • Compartir, no adoctrinar. La lectura es un ejercicio de la libertad.

    QUIERO COMPARTIR CON USTEDES ALGUNOS TEXTOS QUE PARA MI HAN SIDO MUY VALIOSOS. DISFRÚTENLOS.

    Rayuela, capítulo 7

    Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entre-abriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

    Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces juga-mos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agran-dan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, res-pirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes,
    jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un per-fume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

    Julio Cortázar

    El amor

    El amor viene lento como la tierra negra,
    como luz de doncella, como el aire del trigo.
    Se parece a la lluvia lavando viejos árboles,
    resucitando pájaros. Es blanquísimo y limpio,
    larguísimo y sereno: veinte sonrisas claras,
    un chorro de granizo o fría seda educada.

    Es como el sol, el alba: una espiga muy grande.

    Yo camino en silencio por donde lloran piedras
    que quieren ser palomas, o estrellas,
    o canarios: voy entre campanas.
    Escucho los sollozos de los cuervos que mueren,
    de negros perros semejantes a tristes golondrinas.

    Yo camino buscando tu sonrisa de fiesta,
    tu azul melancolía, tu garganta morena
    y esa voz de cuchillo que domina mis nervios.
    Ignorante de todo, llevo el rumbo del viento,
    el olor de la niebla, el murmullo del tiempo.

    Enséñame tu forma de gran lirio salvaje:
    cómo viven tus brazos, cómo alienta tu pecho,
    cómo en tus finas piernas siguen latiendo rosas
    y en tus largos cabellos las dolientes violetas.

    Yo camino buscando tu sonrisa de nube,
    tu sonrisa de ala, tu sonrisa de fiebre.
    Yo voy por el amor, por el heroico vino
    que revienta los labios. Vengo de la tristeza,
    de la agria cortesía que enmohece los ojos.

    Pero el amor es lento, pero el amor es muerte
    resignada y sombría: el amor es misterio,
    es una luna parda, larga noche sin crímenes,
    río de suicidas fríos y pensativos, fea
    y perfecta maldad hija de una Poesía
    que todavía rezuma lágrimas y bostezos,
    oraciones y agua, bendiciones y penas.

    Te busco por la lluvia creadora de violencias,
    por la lluvia sonora de laureles y sombras,
    amada tanto tiempo, tanto tiempo deseada,
    finalmente destruida por un alba de odio.

    Efraín Huerta

    Centímetro a centímetro

    Centímetro a centímetro
    —piel, cabello, ternura, olor, palabras—
    mi amor te va tocando.
    Voy descubriendo a diario, convenciéndome
    de que estás junto a mí; de que es posible
    y cierto; que no eres,
    ya, la felicidad imaginada,
    sino la dicha permanente,
    hallada, concretísima; el abierto
    aire total en que me pierdo y gano.

    Y después, qué delicia
    la de ponerme lejos nuevamente.
    Mirarte como antes
    y llamarte de "usted", para que sientas
    que no es verdad que te haya conseguido;
    que sigues siendo tú, la inalcanzada;
    que hay muchas cosas tuyas
    que no puedo tener.

    Qué delicia delgada, incomprensible,
    la de verte de lejos,
    y soportar los golpes de alegría
    que de mi corazón ascienden
    al acercarme a ti por vez primera;
    siempre por vez primera, a cada instante.
    Y al mismo tiempo, así, juego a perderte
    y a descubrirte, y sé que te descubro
    siempre mejor de como te he perdido.

    Es como si dijeras:
    "cuenta hasta diez, y búscame", y a oscuras
    yo empezara a buscarte, y torpemente
    te preguntara: "¿estás allí?", y salieras
    riendo del escondite,
    tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta
    en una luz distinta, en un aroma
    nuevo, con un vestido diferente.

    Rubén Bonifaz Nuño

  • Bienvenidos!

    Algunas veces he querido escribir un libro que tuviera como título el que lleva este blog, "Invitación a la lectura"; un tanto a la manera de Fernando Savater cuando se pone a escribir para explicar a su hijo Amador qué es la ética, yo he querido hacer algo semejante y contarles a mis hijas los libros que he leído y porqué son gratos de leer, desde los autores que aún escriben en este siglo hasta los que escribieron hace cientos de años. De modo pues que, amable lector, lectora, lo que encontrarás aquí serán notas, apuntes, reflexiones, reseñas, etc. de los libros que he leído y de los que estoy leyendo, no necesariamente "los clásicos" o los que nos obligan a leer en las escuelas o los best-sellers que tanto abarrotan las librerías, sino más bien aquellos libros que en un momento de mi vida han sido importantes y todavía los son, aquellos relatos que perviven en la memoria y que alimentan nuestra alma, nuestros sentimientos y nuestras esperanzas. Mi punto de vista es el de un hombre que ama los libros y que busca compartir su experiencia lectora con otros apasionados del buen leer. Saludos y bienvenidos.

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